
A raíz de una próxima entrada que tengo en mente, me he dado
cuenta de lo mucho que ha cambiado mi barrio. Por supuesto han cambiado sus
gentes, que han elevado notablemente la edad media de la zona convirtiéndose en
un barrio de gente mayor, pero también han cambiado sus edificios, sus
actividades, etc.
El barrio de Pradillo Herrero, era un barrio residencial,
pero dentro del mismo existían una serie de negocios y otros puntos de interés
que generaban riqueza para el pueblo.
Hasta donde alcanza mi memoria, existían varias parcelas por
edificar que por supuesto hoy en día han sido sustituidas por bloques de pisos.
La más importante era la que conocíamos popularmente como la de “los rollos”,
ya que allí era donde durante mucho tiempo Telefónica almacenó los rollos de tubo por los que luego se
introducían los cables en el suelo. Esta parcela quedo diáfana posteriormente y
era un lugar ideal para poder jugar al futbol o a cualquier otra cosa sin que
los niños estuviésemos expuestos al peligro de los coches. Mientras, por otra
parte, los más mayores tenían como punto de reunión para sus charletas
adolescentes, el “muelle” que servía para cargar y descargar los camiones, que hacía
las veces de banco.
Pero como he comentado, este barrio tenía su propio colegio,
El Juan XXII, donde dieron clase Doña Julia, Doña Esperanza y otras de las
profesoras mas recordadas del pueblo. Este colegio quedo reducido a parvulario,
lo que hoy se denomina educación infantil. En ese enclave hoy se encuentra la
escuela de música municipal.
El trasiego de peques de la mano de sus madres era el
paisaje típico cuatro veces al día y claro está, si hay niños hay negocio.
Llegó a haber hasta tres tiendas de ultramarinos donde uno de los negocios más
importantes era el de la venta de “chuches” y donuts. Pero esos niños crecieron y cambiaron las chuches
por litronas que consumían antes de ir a los bares de moda de la “movida
villalbina”, que también los hubo. Fresh, Las Cubas, La Costa, El Portón…
También los hubo de ambiente más rockero y mucho más conflictivos como el
Barros o el Shanghai, donde la droga circulaba sin control.
Es que ahora que he dado al “rewind” de mi memoria, recuerdo
que incluso había un “local de señoritas”, el Bananas. Recuerdo la imagen de
ver una furgoneta con varias mulatas dispuestas a la faena, lo cual era
chocante para los críos de la época, que no sabíamos tanto como los de ahora y
a los que nos resultaba extraño incluso ver a una persona de color. Sé que hoy
resulta ridículo, pero esto era así.
El barrio tuvo un almacén de maderas, una carpintería, una
cerrajería, una óptica, una tienda de frio industrial, un molino e incluso un
gran almacén de cerveza que daba hasta la Calle Real justo frente al cine
Alvasan. Este último será objeto de una próxima entrada, mientras que del
negocio de la cerveza que decir. ¿Os acordáis de la famosa “Águila Imperial”?
Esa era la marca que se distribuía desde dicho almacén que nosotros llamábamos fábrica
de cerveza. Hoy dicha marca no existe, ya que la concentración de marcas hizo
que el grupo Heineken la terminase borrando de un mapa donde hay cientos y
cientos de marcas.
Si queréis saber lahistoria de la marca, podéis consultar la wikipedia, que os lo deja clarito.
Pero si en esa esquina cercana al estanco estaban unos
negocios tan relacionados con el ocio, muy cerca de allí estaba el que tal vez
sea el negocio más seguro, la funeraria “La Soterraña”. Que mal rollo daba
pasar por sus cocheras y ver descargar los ataúdes.
¿Ha cambiado o no mi barrio? Hoy a duras penas queda alguno
de esos negocios y los que sobreviven casi es en plan romántico o por la
necesidad de sus propietarios de seguir cotizando a la seguridad social durante
algún año más. Tal vez el más representativo de aquella época que todavía sigue
en pie, sea el almacén de frutas de la calle Francisco Martin, que tras ser
durante muchos años Frutas Titox, pasó a ser Frutas Serrano.
No cabe duda de que me he hecho mayor y de que mi camino ha
sido paralelo al de mi barrio, que languidece poco a poco y donde cada vez es más
difícil ver a un niño por sus calles.
Que estampa tan distinta a la de finales de los setenta principios de
los ochenta, cuando todas las calles estaban plagadas de críos armando follón y
jugando.
Mi barrio se apaga y un poquito de él conmigo.