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domingo, 24 de septiembre de 2017

Yo también viví los... (I)

Uno de los juegos referentes de la época
El otro día me senté frente al televisor para ver un poco la televisión, algo que cada vez hago menos y comencé a ver “Me Cambio de Década”. Un programa en el que hacen viajar a una familia al modo como se hacía en la década de turno, en este caso los 70’s. Ni que decir tiene, que como todos los realities es más ficción o guión que realidad. Bastante más recomendable es el programa que le sigue “Yo viví los…” mezcla de documental amable y de “Deja vu” de famosetes, aunque solo por la música ya mereció la pena verlo el otro día pese a no aportar gran cosa con respecto a otros programas similares, al menos para los que si vivimos aquellos años.


Pero volvamos atrás (no hasta los 70’s), sino a lo que me pareció el programita de marras. De salida la familia no representa para nada lo que era una familia tipo de la época. Y es que claro, prima el show y todo está grabado en el domicilio, muy ambientado en la época, pero que evidentemente no refleja más que una pequeña parte de la vida de una familia.


Nos retratan al cabeza de familia como un tipo que no hace nada en su casa y un completo gañan. Cierto es que raro era el hombre que ayudaba en casa por aquellos tiempos, pero casi tanto y más el que se podía permitir el estar con la pata estirada en el sofá. La mayoría de la gente trabajaba más allá de las 8h estipuladas por ley, era la única forma de poder llegar a tener ese plus para comprar el electrodoméstico de turno y los más privilegiados poder ir de vacaciones. Muchos de los que trabajaban en MADE luego tenían sus chapucillas, jardines que cuidar, etc.


En el programa ponen a los jóvenes a aburrirse como hongos jugando con los Juegos Reunidos o viendo programas tremendamente obsoletos a día de hoy. Y eso que son unos privilegiados y ya les ha llegado en los 70’s la “protoconsola” con el juego de la bolita y los palitos, tienen el Cinesin y hasta tienen una cámara de súper 8. Pero es que en esos tiempos, la diversión estaba en la calle.


En definitiva, la vida en los 70’s, al menos la mía, era muy distinta a como la retrata ese programita. Por eso voy a abrir el baúl de los recuerdos y voy a escribir como era la vida tipo (al menos la que yo viví) de un chavalín de Villalba. Algunas de estas cosas ya las habré contado, pero con los años me voy volviendo más nostálgico y me voy convirtiendo en el abuelo cebolleta.


La Saga de los Porretas
Un día cualquiera sonaba el despertador a eso de las 8:45 más o menos si mal no recuerdo. La hora no la tengo grabada, pero si la secuencia de programas radiofónicos con los que comenzaba la jornada: “Radio Hora” y sus pitidos cada minuto con esos flashes de noticias salpicados por igual dosis de anuncios en aquellas emisoras de onda media con unos sonidos de acoples infernales, Radio España creo que era la cadena por la que se emitía dicho programa, si bien Radio Intercontinental también tenía su versión, pero el pitido del 918 OM hacia insufrible su escucha. Ese soniquete era con el que mi madre iba preparando todo hasta que entraba en mi habitación y ya había que salir de la cama escopetado. Ella antes había pasado a Radio Madrid 810 OM para escuchar a “La Saga de los Porretas”, que tantos años puso en pie a generaciones y generaciones de españolitos.


Pantalones de pana, camisa y jersey de punto hecho por “La Mamma” con las ideas que pillaba de los escaparates de Nacaran, La Menchu, La Oca o Don José entre otras. Un jersey al que un año se le añadía una cenefa y al siguiente se le sustituía por otra para compensar el estirón del joven. Eso si tu madre era mañosa, de lo contrario a rascarse el bolsillo y  comprar la ropa para el niño que en aquellos tiempos a pesar de no vivir en tan pendientes de las marcas, comparativamente era mucho más cara que ahora.


Se desayunaba a toda pastilla, se guardaba el bocadillo o bollo que tocase para el recreo y caminito hacia el colegio. En mi caso tenía que atravesar medio barrio de la Estación para bajar desde Pradillo Herrero hasta el Carlos Ruiz


, pero recuerdo empezar a hacerlo con 8 años yo solo, algo impensable hoy en día.


Los profesores del "La Transición" en el Carlos Ruíz
La enseñanza en aquellos tiempos comenzaba a “relajarse”, pues estábamos en la época entre La Transición y el 23F. Pero sin duda estábamos a años luz de la educación de hoy en día. En algunos casos me temo que no hemos salido ganando con el cambio. Cierto es que el Carlos Ruiz era ya por aquel entonces un colegio un poco “pasado de onda”, pues como heredero del famoso Grupo Escolar de los bloques de El Pontón, tenía a buena parte de sus antiguos profesores en nómina y como podrán imaginar, sus métodos no eran los más novedosos de la época. Y así todavía recuerdo tener que rezar al empezar la clase con algún profesor y la presencia de la campanilla en la mesa de Don Feliciano, así como su vara que me toco probar una vez sin comerlo ni beberlo. Otros ya tenían callo pero para mí aquello fue un auténtico shock.


Antes he comentado que la indumentaria habitual era el pantalón de pana y el jersey de punto. Bueno, pues había un día excepcional que era el día de gimnasia, en el cual nos subían hasta el polideportivo si el mal tiempo no lo impedía (recordemos que aún no se había construido el Quique Blas), previo pago de las correspondientes 15 pesetas que había que pagar por el transporte en aquellos autobuses de desguace de la empresa Heras. Parece una cantidad ridícula, pero puede rondar el 1.5-2.00€ de la actualidad y los más espabilados muchas veces hacían pellas y usaban ese dinero para gastarlo en cigarrillos sueltos.


Pero la vida iba mucho más allá del colegio y de los viajes de ida y vuelta al mismo, 2 al día ya que no existía la jornada intensiva y el colegio no tenía comedor, así que con nuestras mochilas a la carrera a comer y a llevar un poquito de estrés a nuestra madres. Eso sí, aún con todo y con eso siempre nos quedaba un buen ratito en esas dos horas para poder jugar un poco en la calle con los amigos.



Continuará…

domingo, 1 de noviembre de 2015

Calabazas contra buñuelos

Esta es la transcripción de mi colaboración en Cadena Ser Madrid Sierra del pasado viernes.

"Permítanme que me asome a la ventana y les cuente lo que veo por ella.

Es viernes y en Los Belgas está nuestro tradicional mercadillo, ese que uno tiene asociado a su infancia cuando iba con su madre a comprar la fruta, verdura, calzado o algún “trapito”.

A este mercadillo se ha sumado uno de libros antiguos que deja la acera de la Calle Real en la mínima expresión. A duras penas puedo pasar sorteando a la gente, especialmente cuando se han encontrado con un conocido y se paran a hablar. Resulta un espacio incomodo tanto para el vendedor como para el posible comprador  que a duras penas puede moverse por el perímetro del puesto. No digamos ya para el viandante.

Podríamos hablar de la calidad de la oferta, que es bastante cuestionable y parece sacada de desvanes viejos, con sus tapas medio rotas y descoloridas en su gran mayoría. Me sorprendió precisamente el buen estado en el que se encontraba un ejemplar de la revista Interviú, cuando en tiempos esa revista era sobada y resobada en los kioscos antes de encontrar comprador. Por no hablar de lo que sufrían una vez caian en el domicilio de este. Pero se ve que hasta en eso han cambiado los tiempos.

Y es que, si bien el mercadillo tradicional de Los Belgas sigue gozando de buena salud y sigue siendo un motor de vida para el pueblo, esos otros mercadillos importados sin criterio en los últimos años no aportan casi nada a la vida del municipio e incluso en algunos casos generan el enojo de los comerciantes que ven como sus negocios quedan ocultos tras esos puestos, cuando no entran en competencia directa con estos.

No sé si se trata de errores conceptuales o de ejecución, pero está claro que esta apuesta no es ganadora y más cuando se lleva a cabo a contrapié como ha pasado este año con los mercadillos Medieval y Goyesco, que coincidieron con el Olé Moral y las fiestas de este mismo pueblo, lo que provocó que no alcanzasen la importancia de años anteriores y muchísimas menos visitas, cosechando incluso un gran fracaso en el caso del segundo.

No basta con copiar si la originalidad nos ha abandonado, hay que saber dar el toque propio a las ideas y saber adaptarlas a tus circunstancias. Unas circunstancias cambiantes en un mundo donde Halloween gana terreno, la calabaza se come  a los huesos de santo y las representaciones teatrales del Don Juan han quedado relegadas ante el  empuje del Black Friday que llegará a finales del próximo mes, en un calendario cuidadosamente estudiado para no dar respiro al bolsillo en una maquinaria perfectamente engrasada por las grandes firmas y donde el pequeño comercio tiene muy difícil abrirse hueco.

Por cierto, me resulta curioso que buena parte de aquellos que se quejan del consumismo serán los que hagan cola en las tiendas pasadas las diez de la noche por este “penúltimo invento” del Black Friday. Como se quejaran de Halloween otros tantos que consideran cosas como el día de los Santos algo anacrónico con nuestros tiempos. Mal vamos para remontar el vuelo si despreciamos nuestra historia y tradiciones y a cambio compramos zarandajas importadas de Wall Street.

Menos calabazas y más huesos de santo. Menos comprar en horarios fuera de lugar y más cultura. Eso es lo que necesita este pueblo."

domingo, 25 de octubre de 2015

"SER sus ojos"

Esta ha sido mi primera colaboración con SER Madrid-Sierra.


"Hace unos años, me dieron la oportunidad de acercarme a los micrófonos de una emisora de radio por primera vez, algo que para una persona con vocación frustrada de periodista y que se levanta cada mañana    a golpe de la corneta radiofónica gracias al programa despertador de turno y que se acuesta mecido por esas últimas noticias que llegan a las redacciones de informativos, es todo un lujo.
Y es que la radio ha formado siempre parte de mi vida     e indefectiblemente, muchos de mis recuerdos van unidos a ella. Levantarse cada mañana para ir al colegio escuchando “La Saga de los Porretas”, ayudar a mi padre en sus tareas bajo los rigores del verano escuchando como  “El Súper 1” recorría todas las playas de España. Vibrar con los partidos del Villalba imaginándome los triples y mates de Michel y McDonalds. Subir las montañas del Tour de Francia empujando a Perico Delgado. Y ya más mayor el escuchar el “Arús con Leche” camino de la universidad y tantos y tantos otros programas en el ir y venir cotidiano del trabajo a casa.
Y es que a pesar de todos los avances de las nuevas tecnologías, la radio sigue ahí. Sigue siendo nuestros ojos para contarnos las noticias a las que damos forma con nuestra imaginación. Tiene la inmediatez de internet, pero no se encuentra tan contaminada como esta, ni tan prostituida al resultado inmediato de las audiencias de las cadenas de televisión.
Hace unas semanas recibíamos con zozobra la triste noticia de la desaparición del periódico decano de la comarca y que no llegaba sola ya que se sumaba a las desapariciones años atrás de otros periódicos de papel y de las cadenas de televisión locales. Era sentir que nos tapaban los ojos y sellaban  nuestra boca.
Siempre es una triste noticia el ser testigos de la defunción de un medio de comunicación, pues en cierto modo, morimos todos un poco con él. ¿No han sentido una sensación de vacío cuando una emisora prolonga su silencio en las desconexiones?
Por ello, la llegada de la programación local de la Cadena Ser,  no puede ser más que un motivo de alegría, pues recuperamos parte de esa vista y oído perdidos anteriormente. Y permítanme mi  agradecimiento a quienes me dan la oportunidad de ser testigo directo del alumbramiento de este nuevo medio y ser por unos minutos sus ojos una vez por semana."